Abrirle la puerta a la Vida

No deja de asombrarme. A veces le dedico realmente tiempo y energía – sin que importe demasiado en realidad – a encontrar la causa, ese origen en el que todo empezó a torcerse y retorcerse. Justo cuando me dejé llevar a un lugar de marcaciones, rigideces y cárceles internas en las que sigo enredándome. Y sufriendo.

Me pillo a mí misma tantas veces (taaaantas) intentando tener el control sobre mi propia vida.

- Ah! – y dice una parte de mí – ¿pero no es de eso de lo que se trata?

Pues si te digo la verdad, yo ya no estoy muy segura de qué se trata todo esto, pero lo que tengo claro es que cuando mi hacer, sentir, pensar, etc., se dan desde esos lugares, la sensación de fondo no tiene nada que ver con la pacífico. Y de nuevo, sigo sin saber muy bien de qué va esto de vivir, pero mucho me resuena – y así lo disfruto – con el permitir espacios internos desde donde vaya floreciendo la paz.

Es curioso lo que nos llegamos a aferrar a estructuras ya obsoletas cuando una y otra vez la respuesta es la misma: “No, por aquí no”.

Después de unos meses con mensajes claros, y cada vez más contundentes, de que el tema no iba tanto por donde yo creía ir, es decir, por fuerza y esfuerzo, por muchos “tener que” y muchos “deberías”… Después de empujar la Vida como si ella misma no fuera la fuente misma de Sabiduría, Amor y Energía… Después de mucha frustración por rechazar lo que se me iba presentando como vivencias a experimentar, de llenar cada segundo de mi día por la inseguridad que me generaba el no hacer…. Después, mucho después, algo en mí hizo “click” y por fin pude escuchar:

- Gracias por permitirme vivirte.

Y bueno, no me avergüenzo de nada, pues ante todo soy un ser humano en camino de evolución. De hecho me hace gracia lo curioso y paradójico de toda esta inversión (al pedo) de energía dedicada a no permitir que la Vida me viva. Cuanto empeño en no dar lugar a lo que es, pues sí, eso que es, justamente Es. Cuantas ganas de cambiar y controlar, de someterme al juicio de mi mente patriarcal que dictatoriza sobre lo que debo y no debo sentir, debo y no debo pensar, debo y no debo ser. Ufff… realmente aterrador.

Hace unos días, después de mi práctica en la naturaleza, me llegó espontáneamente un pequeño listado de aquello en lo que quiero invertir en este nuevo curso, y una de ellas se titulaba “soltar responsabilidades”. No creo que nada de esto debiera generalizarse, pero desde luego para mi momento de aprendizaje, esta intención, me va de perlas. Es una apuesta por dar espacios -internos y externos- que me permitan ser vivida por ese algo insondable y acogedor que siento como mi auténtico. Es permitir pasar de los conceptos desenraizadas (que tod@s l@s que estamos en el mundillo de lo espiritual nos sabemos de memoria), a un entrenamiento real que dé más responsabilidad a mi Vida en mi estar. Es un penetrar en el flujo del movimiento eterno que continuamente me esfuerzo en trabar y detener por mi empeño en tener “yo” (o esa realidad llamada ego) toda la dirección de mi día a día.

Y me encanta, me encanta darme cuenta. No voy a culparme de mi desenfoque, todo lo contrario me felicito, me enorgullezco de mi descubrimiento y empiezo a probar eso de dar espacios a mi propia existencia. Le abro la puerta a mi Vida.

Bienvenida.

yoga y feminidad

Escrito por: Paula Vives Entrena