Atender los dolores

  • Toc, toc” – llaman a la puerta.
  • ¿Quién es?
  • Somos tus dolores, ¿nos abres?

Y ponte en el caso que con un gran dosis de valentía, confianza y por supuesto muerta de miedo, te atreves a abrirles. Y allí se presenta una tropa de fantasmas, demonios e incomodidades varias, mirándote con una gran sonrisa. Los hay físicos, emocionales o espirituales; están los ancestrales, los confusos, los pesados o los enrevesados. Tu “familia dolor” al completo.

Cuando sales del shock, intentando como puedes respirar y manteniendo la compostura entre temblores e inseguridades, te das cuenta que ya tienes instalado en tu dulce y confortable hogar, a esta panda de desconsuelos y pesares que ahora pastan a sus anchas. Y están contentísimos pues, por fin, te atreviste a ocuparte de ellos.

No te queda otra, ya diste el paso heroico de no rechazarlos y tienes claro que tampoco caerás en el victimizarte en su presencia. Total, de poco te serviría reconociendo como están ya repanchingados en tu sofá. Miras a la nevera y allí están la tristeza y la melancolía saqueando toda la comida. En tu bañera, la frustración y el agobio toman un baño con espumita contándose sus múltiples y tremendas miserias.

Ok, te rindes, están aquí y ahora son tus invitados. Se trata pues de encontrar el equilibrio para atenderlos, como en una tienda antigua de esas con sabor propio en donde llegas y el tendero con gesto dulce te dice:

  • Buenos días, ¿qué desea?

Más allá de los miedos

Considero que la experiencia de apertura que supone darse tiempo y escuchar lo que se va dando, forma parte del proceso mismo de evolución. Me gusta verlo como algo orgánico, el crecer de una semilla que desde lo acogedor de la tierra, empieza a expandir su tallo, ramas y flores hacia la luz, aún con todas las incertidumbres, sombras o temblores. atender los dolores

A través de la postura yóguica del embrión (Balasana en sánscito) se genera una simbología preciosa de todo este desenvolver. Algo muy parecido al viaje apasionante que cada un@ de nosotr@s hicimos cuando estábamos en el útero de nuestra madre dispuest@s a salir a la vida. Antes de llegar al final del túnel o a la expansión del aire y la luz del sol, el tránsito conlleva riesgos, posibilidad de perderse o quedarse atascad@ un algún rincón sin salida.

Sólo que, como semilla o bebé teníamos un gran elemento a nuestro favor. O más bien, no teníamos un gran elemento entorpecedor. Pues desde esa inocencia no existía la mente condicionante aferrada a lo bueno o lo malo, lo que me gusta o no, lo que debería o no debería ser. Desde la semilla y desde el bebé, las cosas sencillamente SON. Y la apertura se da en el presente, sin más añadidos que lleven a recuerdos o a proyecciones futuras; sin más juicios o expectativas.

Me gusta diferenciar entre el mero crecer relacionado a un obligado cumplir años y el proceso de evolución consciente en donde sucede a veces esta necesidad de atender nuestras zonas más oscuras y dolorosas. Como aquellos pequeños demonios que se quedaron petrificados en tu hogar zampándose tu energía vital o ensuciando tus espacios internos.

 

La danza oscura

No soy quien para dar recetas mágicas pero sí que puedo compartir por mi propio proceso personal algunos de los recursos que me han ayudado a ocuparme de nuestros queridos dolores. La mayoría de los cuales, solo piden ser escuchados y comprendidos.

Rescatando entonces uno de los dones más exquisitos de lo femenino, para mí es esencial empezar, cual útero, por el acto sincero de acoger. Desde ello deriva un atender que va de la mano del poner atención a lo que hay. Atención como a-tensión, algo así como esa sabia frase del yoga que recuerda: “allá donde hay conciencia no puede haber tensión”

Cuando pongo esta intención enfoco la energía, la mente se concentra y se va generando la conectividad. Es un observar, sin juicios, a la tendencia depresiva que pesa en mis hombros o a la tormenta interna que come conmigo en la mesa. Una mirada. Ellos me piden que nuestras miradas se encuentren.

Empiezo así a reconocer un cierto brillo en sus ojos, a generar un entendimiento que va más allá de lo racional. Se establece una conexión sincera que permite el circular de una energía liberadora.

yoga y dolor

Vamos, que ya no tienes a tus inquilinos densificados arrasando con tu comida o apoltronados en tu cómodo sofá. Se empiezan a dar pequeños movimientos, suena una melodía de fondo más armónica, puedes sentir la pulsión circulando de la tristeza, la rabia, la vergüenza o el arrepentimiento. Quizás entonces llegará la culpa y te pedirá un baile y tú, entregad@ al proceso de sanación, te dejarás mover por estos arrebatos o vorágines sin perder en tu centro. Puede no conozcas los pasos de esta danza pero ahora te dejarás estar en ella sin tensión o rigidez, te permitirás estar y respirar en este episodio.

Y quizás surja, casi de repente en este vis a vis con tu duelo o con tu desesperación, el ser  capaz de sacar tu propia coreografía, o alzar la voz expresando lo que durante mucho tiempo quedó atascado. Tal vez, sin forzar nada, cuando los dolores ya se sientan atendidos, te agradezcan, te miren de nuevo frente a frente y vayan liberándose uno a uno. Puede que entonces vuelvas a recuperar el disfrute de tu hogar, en silencio y quietud.

Sin duda es un proceso lento, muchas veces pesado y desde luego muy distante de la inmediatez en la que estamos sumergid@s. Pero estoy segura que este cocer suavecito, este remover consciente con tus congojas, traumas o lástimas tiene un resurgir que brota en gozo y bienestar. Y es muy terapéutico, no solo para un@ mism@, sino para los linajes pasados, los sistemas de relaciones presentes y desde luego, la mejor herencia que le podemos dejar a las generaciones venideras.

Escrito por: Paula Vives Entrena

Foto de: Jordi Lafuente