La alegría y la verdad de mi dolor

Reconociendo el dolor desde el yoga

Por mucho que a veces se nos quiera maquillar la vivencia del yoga como un antídoto contra las molestias de espalda, evitar las agresiones del estrés o conectarse con un estado anímico que casi roza el nirvana, el yoga como ciencia integral te posiciona, en un momento u otro, enfrente de tu dolor.

A mi entender un yoga auténtico debería ayudar a evidenciar los dolores que todos cargamos. Y te lo refleja no solo las contracturas, tensiones y sobrecargas corporales (nada mal para empezar la verdad), sino el ser consciente, por ejemplo, de un algo no identificado que está apretando las tripas de tu Ser, el reconocerte desde la gran incertidumbre sobre quién eres y quien has creído ser o el darte cuenta del vacío emocional en el que estás sumergid@.

Una autora y psicóloga que me gusta mucho, Ascensión Belart, relataba en uno de sus artículos ese pasaje desde “La noche oscura del alma”. Tiene que ver con unas sombras que, cuanto más negamos, más amplían y refuerzan. Dolores de Alma, tristezas que engullen sin aparente razón, anhelos profundos que no se pueden calmar con una pastilla (ni siquiera la pastillita que nos quieren vender con el yoga).

Un amalgama un tanto incómodo de grises al que el yoga puede atender y dar espacio. Y qué bendición que así lo haga, pues cuando osas profundizar de manera sincera en la aventura del autoconocimiento toca atravesar, sí o sí, episodios cargados de dolor.

No voy a entrar en las posibles razones o causas de ello, me apetece más reflexionar a través de estas palabras, en cómo nos vivimos (o negamos) estas realidades.

El dolor desde los extremos

Si nos quedamos desde una posición polar (con una tendencia irreconciliable en lo dual de la naturaleza), encontramos dos posibilidades extremas y, considero, bastante ineficaces para encarar estas experiencias de dolor.

Una de las opciones es quedarse, o podemos decir regodearse, en la vivencia propiamente dicha. Un cierto victimismo que seguro beneficia a determinados egos erigidos desde este lugar, con una mezcla un tanto densa de apego al sufrimiento y al rol “pobre de mí”.

Y puede ser más o menos exteriorizado, me refiero a que no se tiene que estar haciendo ver lo mucho que se sufre a todo el mundo o demostrar continuamente el listado de penurias que se soporta. Que hay también de es@s que llevan pegoteada la cruz por dentro y por más que se le presenten opciones para aflojar ciertas cargas ell@s, dale que dale, bien abrazad@s a sus desconsuelos y tristezas varias.

dolor yoga

Por otro lado -y no me arriesgaría a decir cual de las dos es más frecuente-, está la versión de la negación. Aquí no pasa nada… sana sana culito de rana… y a poner la tirita que parchee molestias y cualquier cosa que pique o incomode. Rechazar eso que no me gusta o lo que nos vendieron como débil, hiperemocional y poco productivo, tal y como escribía en estas dos reflexiones hace un tiempo, la última de ellas en relación a lo femenino negado.

Tendencia ésta muy arriesgada pues como diría Jung: “lo que niegas permanece” o en versiones más contundentes “lo que niegas te somete.” Me gusta verlo como que todo aquello que no atendemos de propio, en vez de integrarlo sanamente o permitir que se libere, lo lanzamos al cuarto oscuro, ese que a su vez el cuarto de máquinas. Espacio interno desde el que se manejan gran cantidad de nuestras acciones (inconscientes claro está) y al cual no tenemos acceso directo, pues está revestido por todo aquello que no quisimos ver.

Tan solo añadir en esta línea una frase del artículo antes mencionado, desde la cual se pone en relieve que muchas veces la resistencia al dolor es más doloroso que el dolor en sí mismo.

La alegría de mi dolor

Desde una óptica sencilla y en resumidas cuentas, de sentido común, hay que admitir que “lo que duele, duele”. El resto como decía son añadidos o evitaciones.

Y cuando lo que hay en frente (o dentro, o en el fondo, o en el cuarto oscuro) hace acto de presencia tenemos aún una tercera posibilidad. Una opción que personalmente me termina por ofrecer alegría, por más paradójico que pueda resultar este enlace con lo doloroso. Una alegría que tiene que ver con el darse cuenta de aquello que está atascado y que desde el acoger tiene la puerta abierta para su liberación y, al mismo, sanación.

Somos seres doloridos, basta con mirar el mundo externo fiel reflejo de lo que acontece en nuestros universos personales. Seres cargados de miserias, tensiones y herencias podridas que vamos pasamos de generación en generación debido, entre otras, a la cobardía de no haberlas enfrentado.

Mi alegría entonces, no pasa por no sentir dolor, (algo imposible en realidad) si no por reconocerlo, aceptarlo y, cuando sea el momento, dejarlo ir.

Y una de las que creo es varita cuasi mágica para ello, es el posicionar en la rendición. Conectar con lo vulnerable, lo tierno, la apertura sensible al mundo observando “lo que Es”. Dejarse cuidar, compartir, llorar las heridas, rescatar los trozos propios que quedaron esparcidos por el camino. Tener las agallas para repetirse internamente: “Me rindo, me rindo… hágase tu voluntad”.

Y permitir que lo que venía siendo la lucha a ciegas contra la oscuridad, se convierta en un dejarse ir con confianza a la sabiduría infinita que es la Vida, y desde ella, a un Alma que toma carne y presencia a través de nuestras respiraciones, emociones y danzas.

Hacia una rendición enraizada

Aunque la actitud interna de rendirse pueda conllevar hermosos regalos, es una apuesta nada fácil y bastante arriesgada al mismo tiempo.

Es compleja porque no estamos acostumbrad@s a ponerla en práctica y porque la gran mayoría de los eslóganes sociales nos llevan a todo lo contrario (“never hide”, “no abandones nunca”, “aunque te sientas agotad@ sigue un poco más”, “ve hasta el final”…). No niego que estas tendencias de lucha, resistencia y enfoque tengan importantes y necesarios atributos, pero considero que puede generar mucho desequilibrio si siempre nos quedamos en uno de los polares negando el otro.

Y existen también ciertos peligros derivados por ejemplo de confundir rendición con resignación o de llevar este rendirse tan al borde del abismo que podamos perder nuestro centro, nuestra autenticidad y quedemos sometidos a fuerzas que no apoyan para nada nuestro crecer integral.

sombras yoga[1]

A mí me gusta entonces desarrollar lo que he bautizado como “rendición enraizada”. Cuando en las clases de yoga les propongo a mis alumn@s soltar, dejar el peso del cuerpo y desarrollar esa actitud de abandono, les invito previo a que puedan sentir con confianza el soporte del suelo, el acoger y mecer de lo que da base.

Una leve intuición de hacia dónde me dejo ir, hacerlo de manera consciente y confiar que lo que me sostendrá es mucho más sabio, amoroso e íntegro que todas aquellos dolores (físicos o sutiles) que se desprenden de una lucha que ha perdido el enfoque.

Y sin duda esta decisión interna genera miedo, todo el cuerpo se pone a temblar hacia este gran salto al vacío, nadie puede ofrecerte una total seguridad. Sin embargo, cuando superas estos obstáculos y te lanzas, hay algo dentro (llámalo Vida, Luz, Dios, no importa en realidad) que toma el mando y te devuelve con ternura al flujo en cuyas aguas tenemos la capacidad de transmutar, sanar y renacer.

Un rendirte que a la par lleva frente a frente a la fuente de donde brota el dolor. Y en este lugar, respirándolo, sabiendo de tu centro y tus raíces, sucede a veces una suerte de derretimiento de corazas. Un fuego lento que se lleva lo que caducó. Un resurgir más allá de la tormenta desde donde una flor puede entonces desplegar todo su poderío, hermosura y pureza.

Escrito por: Paula Vives Entrena 

Un pensamiento en “La alegría y la verdad de mi dolor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>