Lugares de poder

¿Qué es el poder hoy? La mirada de la yoguini

En estos tiempos el panorama político y social anda bastante cargado: elecciones que se aproximan, todos los programas políticos prometiendo los cambios definitivos para salir del agujero y casos varios (y variados) de alteraciones de la ley a favor de acumulación de dinero y poder.

Sin añadir mucho más a lo que ya anda por ahí (en mi blog no quiero hablar de ese tipo de política), reflexionaba estos días sobre un significado más profundo de todo este torbellino de ideologías encontradas, estas amalgamas de acciones que conllevan reacciones instantáneas sin tiempo para la asimilación. En resumen, un popurrí de enfoques polarizados cargados de desencuentros, luchas y agresiones que, en demasiados casos, no tienen en cuenta a quien realmente tienen que tener.

Fantaseaba con el supuesto caso de una yoguini íntegra que llegara de nuevas a la Tierra sin haber sabido previo nada de nosotr@s. Imaginaba entonces cuánto se reiría al reconocer los intentos cutres de estos personajes (y me refiero a los personajes que TOD@S portamos) con una escasez profunda de amor y centro, en sus ajetreos  desequilibrados, intentando rascar fuera un poco de aquello que abunda en su interior.

Este ser puro se sentaría serena acomodando su espalda sobre el tronco de un árbol y observaría sin juicios, apegos ni rechazos las acciones caóticas, nuestros movimientos atolondrados de un lado para otro buscando desesperad@s algo de poder. Un poder que queremos atrapar en forma de fama, dinero, control o posición, pretendiendo utilizar para ello mentiras, gritos, apariencias, agresiones, insultos o cualquier otra variedad que pretenda aplastar al otr@ para poder sobresalir.

 

Lo desconectado del poder

Me suena que cuanto más alejad@s estamos de nuestro propio poder, más necesitamos agarrarlo desde el exterior. Agarrarlo desde ejemplos ya dados que apuestan por lo violento pero también desde posiciones de victimismos o sumisiones, de vampir@s energéticos o mendigándolo. También resulta curioso el caso de que cuanto menos conectad@s estamos con este poder, más necesitamos evidenciarlo, demostrarlo o incluso imponerlo.

Mucho de esto tiene que ver, en mi opinión, con estar identificad@ con un molde interno en el cual nuestro ego se encuentra en su salsa, pero en donde nuestra parte más pura anda bastante asfixiada. Modelajes todos estos que alejan de la verdad que no se puede poseer, que distan de un respirar pacífico así como de un entrelazar con la fortaleza interna desde la que brota nuestro verdadero poder. yoga y poder

Y lo cierto es que si miro a algún@ de los que supuestamente son reflejo este poderío, me llega bastante de la sumisión a estos moldes y modelos (aunque quizás ni haya consciencia de ello). Personaje subordinado a las tendencias sociales imperantes que no se da permiso a ser válid@ desde lo propio.

Sigo creyendo entonces que nuestra querida yoguini, siempre respirando lo que hay, encontraría curioso toda esta cantidad de patrones de escasez que portamos internamente, el cuánto nos fustigamos y autoexigimos por llegar a ser aquello que no somos o la cantidad de energía perdida queriendo agradar, falseando emociones o pretendiendo encontrar la valía por medio de sobornos y corrupciones varias.

 

La presencia enraizada y poderosa

Y todo este tropel caótico seguiría mientras esta criatura centrada no perdería ni un momento la conexión con su poder interno.

Si tuviéramos el coraje de parar nuestra vorágine reconoceríamos en ella una presencia traducida en belleza, una imagen seductora que atraería a hombres y mujeres por el simple hecho de estar, de Ser. Ni más, ni menos. Un respirar sereno y gustoso fruto de habitar en propio cuerpo, de saberse abundante, merecedora, amada y en comunión con los movimientos de la Vida. La potencia de la naturaleza se evidenciaría en su enraíce, recogido a cada inhalación, a cada paso de sus pies en tierra, en cada bombeo de corazón y útero. Y desde ello podríamos reconocer como su exhalar, sin apegos, desparramaría por cada poro de piel la renovación que permite estar en lo cíclico que acompaña.

Una mujer (y el ejemplo pudiera darse igual en un hombre), portadora de lo orgánico y lo salvaje así como de lo espiritual y divino pues no necesitaría quedarse con uno de los polares negando el complementario. Se dejaría ser y disfrutar en todo ello.

Y si de algo carecería esta yoguini sería de uno de nuestros grandes limitadores: “el miedo a Ser”. Su molde castrador seguramente se habría disuelto hace tiempo, o parafraseando a Casilda Rodrígañez, sus corazas estarían ya derretidas. Sería entonces capaz de sacar su voz en aullidos a la luna, ser la imagen del silencio, integrar lo masculino y lo femenino en sí o desplegar con alegría y sin vergüenza cada una de sus curvas, bendiciones corporales y pensamientos. yoga y poder

Su fortaleza no pasaría por lo que desgasta pues este ser sabría que su poder no está en lo forzado con lo que sostiene su armadura mientras dentro, – como nos pasa a veces a much@s- todo se cae a pedazos. Ella, desde lo vulnerable, lo tierno, la alineación, la protección y la actitud compasiva. No lucharía más contra dragones feroces pues aprendió a amarlos y a domarlos, a cabalgar sobre ellos plácida y sabiamente. Y así recogería de esta naturaleza la potencia para entretejer con sus manos las creaciones del Alma, trepar a los árboles o mostrarse desnuda de mitos, limitaciones o pudores. No tendría miedo de tener miedo, ni de romper en lágrimas, ni de hibernar en tiempos fríos, ni tampoco de avivar el fuego para que la olla cueza todos los ingredientes que acoge en su cuerpo. Pues reconocería que desde este caldero mágico brota la abundancia que dista de competencias, mendigares o agresiones con las que obtener de fuera lo que ya portamos en nuestro interior.

El yoga como lugar de poder

Uno de los múltiples regalos del “estar en yoga” (muy diferente al “hacer yoga” en versión más de gimnasia que de lo que verdaderamente propone esta ciencia de vida), es el reintegrar esta cualidad de lo poderoso en un@ mism@.

Un buen yoga a mi modo de ver debería traducirse en la expansión del potencial propio, de un centro enraizado a partir del cual desplegar mis alas, mis dones y mi poder. Algo que nada tiene que ver con la imposición o con intentar aparentar lo que no hay. Se trata por el contrario de una vibración reconocible sin esfuerzo en la mirada y en los movimientos de quien lo porta.

Una fuerza interna que tiene la capacidad de decir “no” a un forzado de la respiración, de rendirse y acoger lo que Es desde la observación de los pensamientos en meditación o atender amorosamente dolores que abren portando verdad y alegría en sí mismos. Un yoga en donde no hay mucho más que hacer, pensar o decir. Un espacio para estar en comunión con la naturaleza, con el cuerpo y con toda su energía. Así, desde esta experiencia de unión, encuentras tu postura (interna y externa) y tal como habla Patanjali en el Sutra II.46, se genera “una experiencia armónica entre firmeza y comodidad” o desde la versión de los polares femenino-masculino: dulzura y presencia.

No hace falta entonces seguir con la lucha que se enreda sobre sí misma, soportar lo que no nos corresponde o quejarnos de lo que está siendo, pues, sabernos en este lugar de poder nos ofrece la integridad que conforma la más profunda y pura de las existencias.

Escrito por: Paula Vives Entrena

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El haber elegido a una yoguini para este texto no es casual pues con ella permito sacar parte de lo que voy experimentando y compartiendo desde el Ser Mujer. Sin embargo, hablar más concretamente del género femenino no está para nada en oposición con que también los hombres puedan encontrar estos espacios dentro de sí mismos. El poder es un lugar de abundancia y hay para tod@s!

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